Dolores ETCHECOPAR - Nota de Sara Cohen-

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REVISTA Ñ (05.08.2011)

El goce de la escritura

Los poemas de Dolores Etchecopar trabajan a partir de palabras, tramas y los silencios de las historias.

POR Sara Cohen

Los poemas de Dolores Etchecopar trabajan a partir de palabras, tramas y los silencios de las historias.

Dónde ubicar el comienzo?, ¿cómo hablar del mismo? Es bueno detenerse en el título del libro y pensar la trama, porque es una poesía que intenta armarla y en el tejido queda disimulado ese comienzo que busca una y otra vez el texto. Las palabras de Dolores Etchecopar se escapan evitando ser apresadas por el sentido. Filiaciones, muertos y vivos, van de la mano de los dolores –alusión a un nombre propio– hilando el devenir de los poemas. El comienzo es un permanente retorno y deben insistir algunas palabras–hilos, hebras, tejidos, tramas y silencio– para evitar lo inevitable en ese hilo que se escapa: “la tejedora/ no sabe qué tejen sus manos/sus agujas aéreas/la dejan atrás/no sabe qué hacen/entre los hilos ciegos/los puntos que se escapan”. No sabemos lo que la escritura dice por nosotros es tan sólo el acto de escribir que toma la delantera y nos deja atrás. Por otra parte habría que resaltar la presencia de la palabra silencio y la presencia del silencio en el texto, y diferenciarlos. Si bien el mismo es aludido en relación a aquello que se impuso a partir de la muerte: “tu hijo había muerto/ y sólo trajiste un silencio/que llenó la casa enorme”, para la poeta el silencio es aquello que debe tener presencia en el poema para posibilitar búsquedas de sentido no congeladas. Hay una historia que circula volátil expuesta a distintos cambios de estado, sin certezas y que intenta el modo en el que la poesía puede decirla, pero justamente por el trabajo de escritura realizado queda en evidencia la imposibilidad de relato y la riqueza que depara esa imposibilidad para la poesía.

Hay un hilo que atraviesa desde el primer poema: “hay un espacio entre mi madre y yo/ tiene una piedra/ allí encontré al cartero llorando”, y el último: “sos tan alegre/ decía mi padre/ sos tan alegre/ volvía a decirme/ mientras la sombra de la tristeza/ avanzaba más rápido/ que sus palabras”. Y ese hilo es el de la pena que muta en goce en la escritura.

 

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