Graciela MATURO habla sobre el poeta JUAN LARREA
Continúa del artículo anterior
3.- La obra poética de Larrea.
Larrea es sobre todo un poeta, y la Poesía es el eje de su formación, visión histórica y teoría de la cultura, aunque el ejercicio del poema abarque sólo una parte de su vida, entre 1919 y1932. La obra poética publicada, permaneció muchos años desperdigada en distintas revistas y antologías, hasta que fue reunida y traducida al italiano para su publicación por el profesor Bodini (Versione celeste, Einaudi, Turín, 1969), en edición que a su turno fue traducida y editada por Luis Felipe Vivanco, en libro que editó Carlos Barral con el título Versión celeste (Barcelona , 1970); llevaba esta edición un prólogo de su gran amigo Gerardo Diego y una introducción del curador, Luis Felipe Vivanco. Un prólogo breve del autor, fechado en Córdoba en 1966, ilumina la génesis de los poemas, escritos en su mayoría en francés. Vivanco, uno de los traductores junto con Gerardo Diego y Carlos Barral, anota que sobre 113 poemas, 90 han sido escritos en francés. Por eso habla de “un poeta español de lengua francesa”.
Robert Gurney ha estudiado esa producción poética en su espléndido libro La poesía de Juan Larrea, cuya traducción del inglés al español se publicó en el País Vasco en 2001. Era la tesis doctoral de este poeta e investigador británico, y recoge investigaciones iniciadas en 1968, e incrementadas con las entrevistas que el autor realizó en 1972 y 1973 al poeta bilbaíno, y cartas posteriores. Esta obra es a mi juicio la más importante sobre la poesía de Larrea, juntamente con el libro de David Bary: Larrea, poesía y transfiguración, y con trabajos de Cristóbal Serra publicados en compilaciones críticas. Unos pocos trabajos más, algunos de ellos de autores argentinos que lo respetaron como Daniel Felipe Obarrio, Lila Perrén de Velasco, Osvaldo Pol o quien esto escribe, completan la bibliografía sobre el autor, al menos la que me parece más próxima a su pensamiento.
Gurney, al estudiar la poesía de Larrea con valiosas calas de análisis e interpretación de sus textos , va revelando también las relaciones sucesivas del poeta con el ultraísmo – al que rinde culto con sus poemas españoles del año 19 presentados por Gerardo Diego en las revistas Grecia (Sevilla) y Cervantes, (Madrid) - , luego con el creacionismo, que incorpora deslumbrado al conocer a Vicente Huidobro, y con el surrealismo, dentro del cual mantendrá una relación conflictiva.
Por mi parte agrego dos puntos, no suficientemente tratados todavía. 1) La relación de Larrea con el “esprit nouveau” planteado por el poeta Guillaume Apollinaire en las primeras décadas del siglo XX. (Dentro de esa atmósfera espiritual cabe la conversión del poeta Max Jacob, de quien dirá Alfonso Sola González: “he aquí el judío que veía la cara del Señor...”) Apollinaire utilizaba ya la expresión sur-réalisme, que debe ser traducida como Super-realismo, más próxima del surnaturalisme de Gerard de Nerval que del surréalisme de André Breton. 2) la existencia de un Surrealismo español, que ha sido poco estudiado, y que registra un particular y sorprendente retorno a la fuente religiosa, con toques mágico-realistas, como puede verse en Dalí, Buñuel, Larrea, León Felipe. (Este giro podría ser estudiado también en Vicente Huidobro, a partir de Altazor, y en novelistas americanos como Carpentier, Asturias y García Márquez. Algo hemos trabajado en esta dirección. )
Un tema importante, tratado por David Bary, es el de la Luz psíquica, a la que llama Larrea “Luz de conciencia”; sería la luz del Evangelio de San Juan y de los místicos, también la luz de la pintura que hizo decir a Leonardo: La pintura es cosa mental. Anota Robert Gurney al respecto, que Apollinaire consideraba a la luz y el fuego como pertenecientes al hombre, en tanto que Larrea definía a la luz como don divino.
David Bary conoció a Larrea, se interesó por su poesía, y destacó su relación con las artes plásticas. Esta relación desde luego se funda en la imagen, tan valorada por el poeta-vidente, que agrega a las imágenes sensibles las imágenes creadas o producidas internamente por la facultad imaginaria. (No sería ahora el momento de explayarme en los matices que diferencian a la imagen creacionista, considerada como imagen autónoma, y la imagen super-realista de Larrea, incorporada a un trasfondo profético). El poeta español recibió en Córdoba la visita de un genial estudioso de las artes, el inglés Herbert Read, con quien firmaron en conjunto un libro importante para la consideración de la pintura y la literatura, denominado Pintura actual (1965).
Larrea considera que la pintura y la poesía forman un solo lenguaje, se trata de lo translingüístico del lenguaje (si se me permite diré que hemos hablado de ello en nuestros libros Hacia una crítica latinoamericana, Literatura y Hermenéutica e Imagen y expresión ,no diré que impugnando la teoría saussuriana del signo pero sí considerándola inadecuada para la consideración de la creación literaria, que funciona en otros niveles de sentido. De estos temas también conversamos con Juan Larrea, que en alguna oportunidad visitó, como lo hizo Manuel Gonzalo Casas, nuestras reuniones del CELA en Villa Allende. No cito estos puntos por anecdotismo, sino porque hacen a la potencialidad epistemológica de la hermenéutica larreana. )
El poeta bilbaíno no estimaba mucho sus primeros poemas, que Gerardo Diego alcanzó a las revistas del ultraísmo: Grecia (Sevilla) y Cervantes (Madrid). El porqué de esta subestimación se halla en su idea de que la poesía sólo es grande cuando el poeta ha alcanzado su autoconciencia plena y se ha reconocido dentro de un Logos que supera el logos individual. Es cuando logra la “conciencia cósmica” cuando el poeta se convierte en profeta, el que deja- hablar- a- otro- por- su- boca (profemí) y por esta operación trascendente se identifica con el destino de su pueblo y de su especie. No sé si Larrea leyó a Heidegger, pero por mi parte alcanzo a reconocer en su pensamiento poético aquella “patentización del Ser” que Heidegger encuentra en la poesía de Hölderlin. La palabra poética, en esos momentos, pasaría de ser la mera efusión de los sentimientos personales a convertirse en casa del Ser, el lugar donde el Ser se revela.
4.- Juan Larrea como hermeneuta bíblico. Rendición de Espíritu.
Decíamos que Juan Larrea tuvo una formación e incluso una opción católica, pese a su rebeldía ante las jerarquías de la Iglesia. Le he escuchado más de una vez hablar de ROMA como el anagrama de AMOR, y de él aprendí el tema de Juan y Pedro, que ha sido tratado por muchos autores y pertenece a la tradición de la Iglesia. Juan y Pedro representan en el mundo cristiano dos perfiles, dos funciones distintas. El apóstol judío Simón-Pedro, pescador de oficio, es elegido por Jesús quien le dice: “Tú eres Pedro, piedra, y serás la piedra sobre la cual edificaré mi Iglesia”. Por eso Pedro, que ocupa la cátedra vicarial de Cristo, preside la organización institucional del Catolicismo, que significa universalismo, y acompaña el destino histórico de Roma, y de las naciones modernas (aunque éstas no hayan aceptado incluir al cristianismo en la Constitución de la Unión Europea). El Cristianismo también se extiende a América, en sus dos vertientes, católica y reformada.
El apóstol Juan, que vivió sus últimos años en la isla de Patmos, es un personaje menos visible, y su función aparece como postergada hacia los últimos tiempos. A él confía Jesús a su madre, y está destinado a presidir una iglesia invisible, la iglesia mística. Desde luego, Juan Larrea apostaba a la iglesia de Juan, presidida por la Virgen María en representación del Verbo, tercera persona de la Trinidad, y preanunciaba el florecimiento de esta iglesia mística, vivificada por los poetas, en América.
Sobre esta dualidad, espinosa por cierto en su aplicación a la Iglesia, tuve y tengo una posición más moderada que Larrea, y así se lo decía respetuosamente al maestro, que en todo era excesivo. Por un lado, la Iglesia es la Iglesia de Jesús, y abarca tanto a Pedro como a Juan. No sólo han de sucederse sino que siempre existieron juntos: la Iglesia sostuvo a la Inquisición, que persiguió a los humanistas en su mayoría católicos pero también judíos y criptojudíos , en América. Pero la Iglesia incluye a esos humanistas, como asimismo a los místicos, y a los santos , a quienes podemos agregar otra comunidad no rígida ni organizada, exaltada por Juan Larrea: los poetas, esa iglesia espiritual formada por juglares, joculares, no sujetos a dogmas, no reconocidos en el “mester de clerecía” y sin embargo actuantes en la comunidad, guardianes de su destino espiritual. Es por la poesía que los hombres sostienen todavía una cultura y un destino no puramente materiales, utilitarios o técnicos. El Espíritu sopla donde quiere. Esta convicción es muy fuerte en Larrea, y consolida su visión permanentemente relacionante de poesía, historia y religión.
Sobre este punto quiero añadir que, luego de haber leído Rendición de espíritu, obra a la cual me referiré, y de conversar sobre estos temas que por otra parte han desarrollado otros autores religiosos, empecé a descubrir hondas resonancias del pensamiento de Larrea en obras como El camino de Santiago de Alejo Carpentier, y la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo. Consulté a Larrea sobre el particular y le di ocasión de explayarse en cartas que conservo y he publicado a medias. Estimo que Carpentier ha retomado el sentido judeocristiano de la Historia, agregando matices nietzscheanos y spenglerianos sobre la decadencia de Occidente, y que Rulfo hace algo más que insinuar la caída de Pedro y la pervivencia de Juan en su famosa novela Pedro Páramo. (Muchos me han escuchado exponer el tema en conferencias y seminarios pero me he resistido a publicarlo; me lo impedía el respeto que tengo por muchos hombres de la Iglesia, y la dificultad de explicar temas tan sutiles y delicados).
En suma, el poeta vasco-navarro se movió siempre dentro de la tradición judeocristiana, aún acusando facetas críticas hacia los dogmas o las organizaciones. Gerardo Diego, que fue su amigo y compañero de los cursos de hebreo y de latín en la Universidad de Deusto, decía de él : “Larrea me superaba totalmente en cuanto a la fe cristiana.”
Larrea se dedica tempranamente a la lectura bíblica, y la historia se convierte también para él, en un texto a ser descifrado a la luz de las Escrituras. Los textos bíblicos de los profetas, así como el texto del Apocalipsis de San Juan pasan a ser sus lecturas predilectas.
Con relación a la posición hermenéutica de Larrea, mal comprendida por ciertos analistas, y por aquellos que pedían su destitución, traeré brevemente la opinión de un profesor de la universidad de Duke, Marcos Canteli, quien escribe el artículo “ Larrea: una utopía melancólica”. Desconcertado ante el pensamiento del poeta, Canteli llama “utopía melancólica” a lo que considera una mezcla de posición reaccionaria y postura utópica, mostrando gran desconocimiento de la tradición simbólica judeocristiana y de toda tradición religiosa o teológica. Por supuesto juzgada desde la izquierda, la utopía sería un bien del socialismo, olvidándose que es en el judeocristianismo donde arraiga la concepción teleológica de la Historia con una forma determinada, que llegaría a su cumplimiento histórico y transhistórico en el final de los tiempos. Y dejándose de lado que Sir Thomas More, santo y mártir cristiano, inventó la palabra Uthopy, el no-lugar, para designar oblicuamente a América, de donde venían las noticias de Vespucci mediatizadas por el personaje de su obra, el marinero Hythtloday. América estaba lejos de ser el no-lugar, aunque el humanista la llamara así eludiendo a los inquisidores; por el contrario, para los humanistas América era el lugar, el buen lugar (por eso en nuestros trabajos propusimos el nombre de eutopía). Se olvida también que Hegel, el mayor filósofo de la Historia con que ha contado Occidente, despliega su sistema de ideas sobre este telón cultural de fondo.
Canteli , como otros, ignora todo esto. Se apoya en otro crítico que se ha ocupado de Larrea, Díaz de Guereñu, para afirmar que hay en Larrea un intento desesperado de recomponer el fracaso de la República española mediante el recurso a su aplicación en nuevas tierras. Por su parte José Luis Abellán habría calificado al de Larrea como “pensamiento delirante”, calificación que no rechazo aunque doy al delirio la significación positiva que le otorga María Zambrano. Canteli, que no me parece nada relevante sino que lo he tomado como ejemplo de particular incomprensión, acusa a Larrea de haber pasado del plano conceptual al plano mítico. Y efectivamente así es. El hombre religioso vive una atmósfera intramítica, como lo vemos en movimientos típicamente religiosos al modo del Islam, y esto se cumple también dentro del cristianismo, pero con una gran diferencia: la tradición de Cristo hace lugar al libre pensamiento, y esto es escándalo para los fanáticos, que llegan a considerar al cristianismo como una religión de débiles (Nietzsche) y en otros casos son inducidos a deserciones como la de René Guénon a favor del islamismo.
Por último Canteli identifica al mito con el pensamiento reaccionario, apuntando al carlismo, el franquismo, el conservadurismo (y podríamos aumentar la nómina con movimientos políticos de signo religioso surgidos en América Latina. Si alguien quisiera ahondar en este tema, le recomendaría las obras de Jacques Lafaye, quien después de un primer libro en que considera a la Virgen de Guadalupe como un instrumento de dominación - típica lectura marxista- concede en otras publicaciones, un especial valor histórico a los movimientos mesiánicos y religiosos de América Latina).
La consideración más elemental de qué cosa sea la hermenéutica supone un conocimiento del contexto cultural en que adquiere plena significación el texto estudiado; quien ejerce tal hermenéutica ha de ubicarse en esa perspectiva, o al menos compartir mínimamente sus presupuestos y premisas, con respeto hacia ellas. Larrea jamás podría ser tomado como un defensor del franquismo, al que otorgaba un carácter demoníaco representado por la guardia mora del caudillo: veía en este movimiento una proximidad al nazismo, al que también adjudicó el símbolo de la media luna.
Para Larrea, La espada de la Paloma era una de sus obras más importantes. Según su valioso exégeta Cristóbal Serra, se trata de una requisitoria contra la Iglesia de Pedro. Sostiene que el Apocalipsis – obra aceptada en España como canónica antes de serlo en Roma – es un texto que, sin perder su carácter simbólico permanente, habría sido redactado contra el Obispo de Roma y en el tiempo de la crisis de Corinto. Allí Clemente el Romano habría recurrido al ejército para sofocar una rebelión de jóvenes diáconos, y desde allí la Iglesia se habría transformado en una Iglesia Romana, que según Larrea desplazó el Evangelio, condenó por herético al milenarismo, y desplazó a la mística.
Larrea no se pronunció sobre el origen ibérico de los hebreos, como lo hiciera Oscar Ladislav de Lubicz-Milosz, pero sí esperaba y afirmaba la conversión del pueblo judío en el final de los tiempos.
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