JOAQUIN O. GIANNUZZI (Bs.As.,1924-Salta,2004)
A UN CABALLO QUE MURIO ARROLLIDADO
Nadie entonces supiera sobre tu cuerpo claro
tanta inmovilidad, tanta verdad en sombras,
tantas rotunda ausencia
de latidos ocultos en carne luminosa.
Ya estas ahí, remoto.
Olvidando en los ojos tristemente maduros
el mundo que fue tuyo entre formas dispersas
sabiamente movibles entre luces o sombras;
porque he visto en tu muerte la serena dulzura
de lo huido contigo
entre nieblas triunfantes sobre tanta belleza.
Ya estoy en tu recuerdo.
Solamente tú, único, en tu curva perfecta,
llenabas todo el círculo de mis hondas miradas;
y allí estaba tu cuerpo
con armoniosa huida de vibrante columna,
y limitando erguida tu clara vida
hondo temblor de llama en tus argénteos músculos.
Entonces era el tiempo de la extensión del aire
cuando todo tu cuerpo
desataba en el trote la desnudez bravía
y en tus ligeros cascos
se adivinaba el ala mordiente del deseo,
recorriendo tus muslos,
con un ímpetu agrio de aromas montañeses.
Cuando la luz se hundía
al fondo de las cosas y su lento crepúsculo
rodaba hacia el poniente su grito derribado
yo hallaba tu retorno de la tarde vivida,
contemplando la súbita belleza
con que te detenías, tan repentinamente.
Y entonces era el sueño colgando de tus párpados
el que en ti penetraba suavemente brumoso,
derrotando en tus cascos de rumores agónicos
el cansancio del día.
No, no era tiempo aún; recién el vuelo
del temblor de la llama aprendía tu sangre;
y apenas sí la tierra conocía
la vibración profunda recorriendo tus miembros;
y el viento de tus crines aún no descifraba
esa erguida dureza de tu cuello enigmático.
Qué tristeza madura derramó tu caída;
y qué serenamente
se deshojó a tus plantas cual si fuera
a dormir su dolor como un anciano.
Nadie vio en tu caída
la curva soñolienta de la flor
que llevabas en ti.
Y qué lenta belleza te recorrió, serena,
cuando tu cuerpo todo vuelto fruto dormido
arrodilló tu absorta armonía callada.
Ya estás ahí, remoto,
a un costado del tiempo, definitivamente,
serenada amargura de un clavel derribado.
Hoy siguen los rumores en tu mundo olvidado,
la vida lanza al aire sus bermejas palomas…
pero yo estoy, lejano, clavado en tu retorno,
como una cruz, absorto, de solitaria tumba,
clavado en tu memoria –tu cuerpo arrodillado-
en ti, que ya estás muerto y huido sin recuerdos.
(Publicado en La Generación Poética del 40, Tomo II, Luis Soler Cañas, ECA, 1981)