PODERIO DE LA NOCHE
( Sombra del Paraíso)
El sol cansado de vibrar en los cielos
resbala lentamente en los bordes de la tierra,
mientras su gran ala fugitiva
se arrastra todavía con el delirio de la luz,
iluminando la vacía prematura tristeza.
Labios volantes, aves que suplican al día
su perduración frente a la vasta noche amenazante,
surcan un cielo que pálidamente se irisa
borrándose ligero hacia lo oscuro.
Un mar, pareja de aquella larquìsima ala de la luz,
bate su color azulado
abiertamente, cálidamente aùn, con todas sus vivas plumas extendidas.
¿Qué coyuntura, què vena, qué plumòn estirado
como un pecho tendido a la postrera caricia del sol
alza sus espumas besadas,
su amontonado corazón espumoso,
sus ondas levantadas
que invadirán la tierra en una última búsqueda de la
luz escapándose?
Yo sé cuán vasta soledad en las playas,
qué vacía presencia de un cielo aún no estrellado,
vela cóncavamente sobre el titànico esfuerzo,
sobre la estéril lucha de la espuma y la sombra.
El lejano horizonte, tan infinitamente solo
como un hombre en la muerte,
envía su vacío, resonancia de un cielo
donde la luna anuncia su nada enardecida.
un claror lívido inade un mundo donde nadie
alza su voz gimiente
donde los peces huidos a los profundos seños
misteriosos
apagan sus ojos lucientes de fósforo,
y donde los verdes aplacados,
los silenciosos azules
suprimen sus espumas enlutadas de noche.
¿Qué inmenso pájaro nocturno,
qué silenciosa pluma total y neutra
enciende fantasmas de luceros en su piel sibilina,
piel única sobre la cabeza de un hombre
que en una roca duerme su estrellado transcurso?
El rumor de la vida
sobre el gran mar oculto
no es el viento, aplacado,
no es el rumor de una brisa ligera que en otros días
felices
rizara los luceros
acariciando las pestañas amables,
los dulces besos que mis labios os diera,
oh estrellas en la noche,
estrellas fijas enlazadas
por mis vivos deseos.
Entonces la juventud, la ilusiòn, el amor encantado
rizaban un cabello gentil que el azul confundía
diariamente con el resplandor estrellado del sobre
la arena
Emergido de la espuma con la candidez de la Creación
reciente,
mi planta imprimìa su huella en las playas
con la misma rapidez de las barcas,
ligeros envíos de un mar benèvolo bajo el gran brazo
del aire,
continuamente aplacado por una mano dichosa
acariciando sus espumas vivientes.
Pero lejos están los remotos días
en que el amor se confundía con la pujanza de la
naturaleza radiante
y en que un mediodía feliz y poderoso
henchía un pecho con un mundo a sus plantas.
Esta noche, cóncava y desligada,
no existe más que como existen las horas,
como el tiempo, que pliega
lentamente sus silenciosas capas de ceniza,
borrando la dicha de los ojos, los pechos y las manos,
y hasta aquel silencioso calor
que dejara en los labios el rumor de los besos.
Por eso yo no veo, como no mira nadie,
esa presente bóveda nocturna,
vacío reparador de la muerte no esquiva,
inmensa, invasora realidad intangible
que ha deslizado cautelosa
su hermético oleaje de plomo ajustadísimo.
Otro mar muerto, bello,
abajo acaba de asfixiarse. Unos labios
inmensos cesaron de latir, y en sus bordes
aún se ve deshacerse un aliento, una espuma.