HECTOR E. CIOCCHINI - LA VIDA INMENSA-Si mi existencia-
LA VIDA INMENSA
(Ciclo)
La vida inmensa ante el gran parque del mundo. Los restos de colosales mataderos que las hierbas ásperas comen, los andenes derruidos, la hierba bellísima y su flor indefinible al borde del derrumbre de las cloacas, los lentos trenes de carga llenos de pájaros pensativos, y el hombre en el sol de la siesta gozando de su muerte, de su lenta extinción de cada día. ¿adónde los caminos, adónde todo este juego de lo visible, adónde el alma perdida en los laberintos de una dificultosa memoria?
SI MI EXISTENCIA
(Conjuros)
Si mi existencia es sólo
una gran negación de la luz,
un gran error, un crimen
que sangra por todos los costados,
un vano discurrir sobre los dioses,
su apariencia absoluta de miseria
no hace más que proclamar tu grandeza,
oh gran desconocido.
En tu vacío me muevo
te doy muerte
con cada uno de mis actos;
pero, quizá, al creer darte muerte
sigo tu voluntad,
afirmo mi existencia fugitiva,
tu eternidad sin nombre.
Débilmente se apagan las luces que iluminaron mis deseos
de más luz. Sutilmente los colores se ahogan saturados
en su propio elemento y los claros sonidos por los que recibía
el mundo se enturbian en mis oídos que ampliaban en sus albas
toda la exuberancia de la palabra vida.
Hoy vivo ya en penumbras.
De Claroscuros vivo y la imaginación que libaba de mieles,
vientos, aguas, la creación de ti en los sueños más hondos,
se aduerme en los venenos que los sentidos todos encenizados
desta tierra apagada que mis ojos reciben como brumas de un ocaso
sin termino, solo renacerá en el suicidio deste inmenso cansancio
que en mitad del desierto se hace uno conmigo. Ya no saldré a cazar.
Oh corazón: dulce es la madriguera y se apagan en ella los destellos
de las vírgenes albas, abras caídas de la magia en las que manos memoriosas
anunciaban el destino de la poesía, el exilio, el destierro,
la cruel incuria y feroz intemperie maquillada con máscaras
de un vil resentimiento.
Y entonces tú, mas seguro en la desnudez de la violencia de mis amados
ocres, entonces tú, llamándome, aún llamándome, fuera de toda madriguera,
fuera de todo pánico, me ofreces nuevamente el sueño de los astros
dormidos en tu sexo olvidado, aquí en el axis mundi, lejos de las miserias
de los cuerpos trasfigurados estos y las edades todas, lejos de la violencia
sujeta a tiempo y a dolor, cumplida el ansia de las glorias buscadas,
el otro tiempo, el tiempo del retorno renacido en tu cuerpo, oh Marcus Schenkenberg,
tú el adviento, tú el que inauguras el otro paraíso, el no creado por dios
alguno, el siempre prometido y solo presentido en un pobre poema
por un triste poeta.