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629 posts con poesia

ABARIA, Amalia Mercedes -MIS POEMAS -"Apenas vivimos"

Publicado en por El blog de AMALIA M. ABARIA

APENAS VIVIMOS

 

                                    (de "Del lado de la vida", 1982)

 

A veces caminamos por calles

donde estuvo la infancia,

donde el musgo huele a piedra de juguete pesado

y un rostro resucita un calendario largo.

 

No hay auxilio para tantos recuerdos

cuando lo preciso es sólo un destino matemático

y en el alma hay olores de rodillas,

a manos, a empujones

a violetas de vereda paseada de la mano.

 

Porque vamos por la misma calle lúdica de entonces,

con un poco de frío y dudas derrotadas

(los árboles apenas son distintos).

 

Así andamos,

un poco solos,

menos temibles,

con algo de viejo papel y leche primitiva

con las uñas mirando en el reloj de la última ventana.

 

Dónde estarán los ojos de ese tiempo

del que ahora nos llega lejanamente nuestro,

tan lejos de esta historia que graban las paredes

            y las manos altas. 

 

Por eso,

si tanto ha cambiado,

si hasta el último pájaro siguió su curso original  

y los edificios se aplastan al asfalto

            para llorar a gritos,

es mejor que sigamos.

 

Disimuladamente solos.

 

Antes de partir, queda el instinto.

 

 

 

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Mariano Shifman- BURBUJAS -

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     BURBUJAS

 

 

Son el síntoma de la inminencia,

el agua aligerándose hacia el hervor.

Ha quedado atrás la templanza terrestre:

lo etéreo pugna por surgir.

Si pequeñas, las burbujas se unen

para explotar la nada

en una ardiente extinción conjunta;

las mayores seguirán su trance en breve.

Allí hay furia, vencido anhelo de ser,

ceguera de la materia.

 

Ahora, resuelvo apagar la hornalla

y en el té se acaba la historia.

 

      

                 

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ATTILIO BERTOLUCCI -(Italia,1911-2000)

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                             (de Fuegos en noviembre, Versión I. Delgado)

 

 

Me ha despertado tu canto solitario

Triste amiga de octubre, inocente lechuza

Era la noche

Bullente de sueños como abeja

 

Zumbaban

Agitando las cabelleras de fuego

y las claras barbas

Pero sus ojos era rojos y tristes

 

Tu cantabas, melancólica

Como una prisionera oriental

Bajo el cielo azul

Yo escuchaba latir mi corazón

 

 

AMOR

                       (de  "Sirio"   ,Versión de G. Manzini)

 

 

la luna coronada de margaritas

ríe en vagos ojos enfermos,

cabritos de plata

saltan en las llanuras del cielo.

 

Las flores se manchan de sangre...

oh lejana, lejana en esta noche

como una nave con sus velas

en el oscuro mar.

 

Pero ya vendrá el tiempo

árido y melodioso de las amapolas

y tú volverás

hecha mujer

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DAVID SORBILLE - A FRANCISCO MADARIAGA -

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A FRANCISCO MADARIAGA

 

(De “Los Senderos del Alma” de David Antonio Sorbille, 2001, Ed. 3+1)

 

 

El tren de tu vida

 partió de la última

 estación cruzando

puentes y esteros

 pantanos y memorias

 entre nubes encadenadas

 por almas errantes

que cabalgan libres

sobre los campos de gracia

 y los palmares intensos

 bajo una luna de versos

 navegantes por los ríos

del paisaje apasionado

entre amores y misterios

 compartiendo el lenguaje

 de los hijos de las aguas

 hasta quebrar el mundo injusto

con el canto sensible

de los pájaros del pecho de fuego

que en el atardecer absoluto

retornan al nido de lo eterno

 en plenitud de poesía

 

 

 

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OSCAR PORTELA - MADRE -

Publicado en por El blog de AMALIA M. ABARIA

   MADRE

 

 


Madre: ¿es que respondo a tu deseo

cuando en sueños quiere salírseme

del cuerpo el alma que me diste?


¡Que poderoso el hálito, las fuerzas

que hablan en mis sueños y me llaman

en tu nombre, quizá en el de mi desolado

amor desterrado y sonámbulo

en esta tierra de nadie!



Sordos están los que un día escucharon maravillados

unos de otros, y así poblaron el espacio

con voces y con risas, pero del tiempo

aquél sólo me quedan llantos y penas.


¿Es que respondo a tu deseo, al mío,

cuando fuera de mi, dando a las fuerzas

puras sueños y aguas, alas me crecen

y en pos del Orco voy consuelo

de mi pobre orfandad en estos días?


¡No habrá más luces y trinos

o deseos que donde te vea a ti toda

brazos que velen mis oscuros responsos!


Así veías en mí la pesadilla de no ser

sino canto, furor y noche, tormenta y lejanía,

y así me consolabas consolándote,

otro creyéndome y llamándome otro,

dulces mentiras hoy dormidas o muertas.


Cansándome en esta cruz del canto

estoy sin nombre, innominado para aquellos que amo

y sólo tú, mi Ángel, la guarda de mi voz

y mi memoria, presente estás llamándome

pero exigiendo fidelidad al canto del que

nace todo este denso duelo.


¿Es que respondo a tu deseo

cuando en sombras y ahombrado,

salen de mi los hálitos e imágenes

y por espacios voy dando tumbos al Orcos?


¿Es que me llamas tu, es que te llamo,

y así mutuamente llamándonos- nos

sostenemos en la amarga vigilia de la poesía?



*/ recordando una tarde de té en casa de Olga Orozco: Oscar Portela

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Zulma B.ZUBILAGA - Golondrina del último silencio -

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GOLONDRINA DEL ÚLTIMO SILENCIO

 

                          en la calle del cielo camina la noche

                           esparciendo poemas Boris Pasternak

 

Oh fruta de claridad /

golondrina del último silencio /

han cerrado tu libertad en las fronteras /

han quemado tus ojos contra el cilicio /

  —ese pobre ligamen del aquí—

han vencido tus alas contra la luz:

  los mástiles del viento ondulan y un coyote husmea

la presa del olvido / la aparición temprana del otoño /

  la música de los templarios del fuego:

  «la patria es una fuga de muertes aquí»

    ¿quién viene hora?

Oh pena mía / Oh pulpa de colores furiosos /

han sellado tus ojos en dormiciones tempranas /

han fijado el límite cerrado del misterio /

el mojón violado de la luna /

una fruta ulcerada de nubes     el beso del adiós

  contra el pecho rugoso del mundo

y esta voz en celo

      en contención

      en continencia

pulsa alguna flecha

      un ave

      un aura de palitos tristes

                                        o algo así

      (el pedernal del sol convida ahora)

mientras una rosa insiste estremecida contra el palco

      de oro: /

                        entonces cae el fasto negro de los buitres /

                                (alguien canta)

y una joven danza al son de las caballerías del fuego:

      «la locura es un puesto de alhelíes rojos / verdes /

      crepitantes» /

                        dicen

      mientras la casa del tormento se corona en flejes

                                                                  cunas       antros

                                                                        camastritos:

un súcubo se inclina al pozo y duda   retrocede

                        y se deshace:

      sus manos   sus orillas negras muelen el silencio

      y un fuego de carencias   niños   otredades

      gesta su pulmón de flores   su ganancia:

      la gardenia estalla en planos de inminencia

      en lotes de humedad que tiembla

      «es aquí / es aquí que pronto caen

      es contra el ala fresca de colores claros»

      «y vayan   vayan a calmar las furias» dice

mientras el pobre ciego cae   gotea   se deshace:

«Ala, vuelo de turgencia

tu silencio inclina el cuerpo y duerme apenas» /

      «vamos / vamos que es la noche —calla—

      ya es un poco tarde y cae el viento.»

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OLGA OROZCO - Si me puedes mirar -

Publicado en por El blog de AMALIA M. ABARIA

 

 

Si me puedes mirar
                      (De “Los juegos peligrosos”, 1962)

 

 


Madre: es tu desamparada criatura quien te llama,
quien derriba la noche con un grito y la tira a tus pies como un telón caído
para que no te quedes allí, del otro lado,
donde tan sólo alcanzas con tus manos de ciega a descifrarme en
 [medio de un muro de fantasmas hechos de arcilla ciega.
Madre: tampoco yo te veo,
porque ahora te cubren las sombras congeladas del menor

                                                         [ menor tiempo  y la   mayor distancia,
y yo no sé buscarte,
acaso porque no supe aprender a perderte.
Pero aquí estoy, sobre mi pedestal partido por el rayo,
vuelta estatua de arena,
puñado de cenizas para que tú me inscribas la señal,
los signos con que habremos de volver a entendernos.
Aquí estoy, con los pies enredados por las raíces de mi sangre en duelo,
sin poder avanzar.
Búscame entonces tú, en medio de este bosque alucinado
donde cada crujido es tu lamento,
donde cada aleteo es un reclamo de exilio que no entiendo,
donde cada cristal de nieve es un fragmento de tu eternidad,
y cada resplandor, la lámpara que enciendes para que no me
                                            [  me pierda entre las galerías de este mundo.
Y todo se confunde.
Y tu vida y tu muerte se mezclan con las mías como las máscaras de las pesadillas.

Y no sé dónde estás.
En vano te invoco en nombre del amor, de la piedad o del perdón,
como quien acaricia un talismán,
una piedra que encierra esa gota de sangre coagulada capaz
                               [ de revivir en el más imposible de los sueños.
Nada. Solamente una garra de atroces pesadumbres que
                                                                 [ descorre la  tela de otros años
descubriendo una mesa donde partes el pan de cada día,
un cuarto donde alisas con manos de paciencia esos pliegues
                                     [ que graban en mi alma la fiebre y el terror,
un salón que de pronto se embellece para la ceremonia de mirarte pasar
rodeada por un halo de orgullosa ternura,
un lecho donde vuelves de la muerte sólo por no dolernos demasiado.
No. Yo no quiero mirar.
No quiero aprender otra vez el nombre de la dicha en el
                     [ momento  mismo en que roen su rostro los enormes agujeros,
ni sentir que tu cuerpo detiene una vez más esa desesperada marea que lo lleva,
una vez más aún,
para envolverme como para siempre en consuelo y adiós.
No quiero oír el ruido del cristal trizándose,
ni los perros que aúllan a las vendas sombrías,
ni ver cómo no estás.
Madre, madre, ¿quién separa tu sangre de la mía?,
¿qué es eso que se rompe como una cuerda tensa golpeando las entrañas?,
¿qué gran planeta aciago deja caer su sombra sobre todos los años de mi vida?
¡Oh, Dios! Tú eras cuanto sabía de ese olvidado país

                                                                                                  de donde vine,
eras como el amparo de la lejanía,
como un latido en las tinieblas.
¿Dónde buscar ahora la llave sepultada de mis días?
¿A quién interrogar por el indescifrable misterio

                                                                                              de mis huesos?
¿Quién me oirá si no me oyes?
Y nadie me responde. Y tengo miedo.
Los mismos miedos a lo largo de treinta años.
Porque día tras día alguien que se enmascara juega en mí a las
                                                                                        [alucinaciones y a la muerte.
Yo camino a su lado y empujo con su mano esa última puerta,
esa que no logró cerrar mi nacimiento
y que guardo yo misma vestida con un traje de centinela funerario.
¿Sabes? He llegado muy lejos esta vez.
Pero en el coro de voces que resuenan como un mar sepultado
no está esa voz de hoja sombría desgarrada siempre por

                                                                                           el amor o por la cólera;
en esas procesiones que se encienden de pronto

                                                                                 como bujías instantáneas
no veo iluminarse ese color de espuma dorada por el sol;
no hay ninguna ráfaga que haga arder mis ojos con tu olor a resina;
ningún calor me envuelve con esa compasión que infundiste

                                                                                                                             a mis huesos.
Entonces, ¿dónde estás?, ¿quién te impide venir?
Yo sé que si pudieras acariciarías mi cabeza de huérfana.
Y sin embargo sé también que no puedes seguir siendo tú sola,
alguien que persevera en su propia memoria,
la embalsamada a cuyo alrededor giran como los cuervos

                                              [ unos pobres jirones de luto que alimenta.
Y aunque cumplas la terrible condena de no poder estar

                                                                                           cuando te llamo,
sin duda en algún lado organizas de nuevo la familia,
o me ordenas las sombras,
o cortas esos ramos de escarcha que bordan tu regazo para

                                                [ dejarlos a   mi lado cualquier día,
o tratas de coser con un hilo infinito la gran lastimadura

                                                                                                                    de mi corazón.

Olga Orozco

 

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PAUL CELAM -Habla también tú -

Publicado en por El blog de AMALIA M. ABARIA

    

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PAUL CELAM ( Rumania 1920-1970)

 

 

 

Habla también tú...


(De "Umbral en umbral" 1955)


Habla también tú
sé el último en hablar,
di tu decir.

Habla-
Pero no separes el No del Sí.
Y da a tu decir sentido:
dale sombra.

Dale sombra bastante,
dale tanta
cuanta en torno de ti tú sabes extendida entre
medianoche y mediodía y medianoche.

Mira en torno:
ve cómo alrededor todo se hace viviente
¡En la muerte! ¡Viviente!
Dice la verdad quien dice sombra.

Pero se estrecha ahora el lugar donde estás:
¿Adónde ahora, despojado de sombra, adónde?
Asciende. Tanteante, asciende.
Te haces más sutil, más irreconocible, más fino.

Más fino: un hilo
por el que quiere descender la estrella
para abajo nadar, al fondo,
donde se ve brillar: sobre móviles dunas

de palabras errantes.

 

 

 

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FRANCISCO MADARIAGA -Sueño con Edgar Bayley junto al mar

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País garza real - 1997

 

 

 

 

Sueño con Edgar Bayley junto al mar

No está esta “riqueza abandonada” a pesar
de la rompiente de este mar que hoy quiere
detenernos.
Yo igualmente atropello a esta barcaza de
las negaciones.
Para nosotros es siempre el mismo tiempo
de comunicaciones con imágenes de
agua,
y es el mismo labriego el que ara sobre los
pinos caídos y carcomidos junto a ese
mar:
tú y yo lo saludábamos ebrios con el ron
de los piratas cuyas ánimas frecuentaban
los bares de La Paloma,
y tú siempre aparecías como recién desembarcado
de aquella barcaza que sólo llegaba hasta una
rada,
en esa orilla que tenía sargazos de felicidad
y el infortunio propio de las corrientes
del azar con que dios se maneja entre los
caracoles y aserrines amarillos de las
olas que se alejan para retornar con
párpados de perdiz almendrada desde el
fondo marino.
Esas olas que acariciaban la legitimidad de
los muelles sin pescadores,
los muelles que se desvelaban cuando cantaban
los náufragos del desamparo,
celebrando tu presencia y la mía.

Encantamiento de Edgar, tienes el color de
aquella isla del pirata de la resurrección,
isla donde habitaba una tigra calzada de
palomas amarillas,
que se atrevió a adorarte con sollozos de
sol,
y con las sombras de sus pestañas
bordadas con la sangre de una pleamar de
estrellas.

Porvenir de la amistad, del amor y del sueño,
vienes por las huellas del invierno marino,
y aquí estoy yo por estas costas,
con el recuerdo de una mujer de labios rojos
negros,
y un pacto de sangre muy lejano.

Y estoy cantándote a contratumba.

                                                                           FRANCISCO MADARIAGA (País Garza Real)

 

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Ramón LOPEZ VELARDE - A la Patrona de mi Pueblo -

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Ramón LOPEZ VELARDE (México 1888-1921)

 

 

POEMA A LA PATRONA DE MI PUEBLO

 

Señora: llego a Ti
desde las tenebrosas anarquías
del pensamiento y la conducta, para
aspirar los naranjos
de elección, que florecen
en tu atrio, con una
nieve nupcial... Y entro
a tu Santuario, como un herido
a las hondas quietudes hospicianas
en que sólo se escucha
el toque saludable de una esquila.

Vestida de luto eres,
Nuestra Señora de la Soledad,
un triángulo sombrío
que preside la lúcida neblina
del valle; la arboleda que se arropa
de las cocinas en el humo lento;
la familiaridad de las montañas;
el caserío de estallante cal;
el bienestar oscuro del rebaño,
y la dicha radiante de los hombres.

Señora: cuando ingreso a la comarca
que riges con tus lágrimas benévolas,
y va la diligencia fatigosa
sobre la sierra, y van los postillones
cantando bienandanza o desamor,
súbita surge la lección esbelta
y firme de tus torres, y saludo
desde lejos tu altar.

Tú me tienes comprado en alma y cuerpo.
Cuando la pesarosa
dueña ideal de mi primer suspiro,
recurre desolada
a tus plantas, y llora mansamente,
nunca has dejado de envolverla en el
descanso de tus hijas predilectas.
Me acuerdo de una tarde
en que, como una reina
que acaba de abdicar,
salía por el atrio de naranjos
y llevaba en la frente
el lucero novísimo
de tu consolación.

Confortándola a Ella, Tú me obligas
como si con la orla
dorada de tu manto,
agitases un soplo
del Paraíso a flor de mi conciencia.
Porque siempre un lucero
va a nacer de tus manos
para la hora en que Ella
te implore, Tú me tienes
comprado en cuerpo y alma.

En las noches profanas
de novenario (orquestas
difusas, y cohetes
vívidos, y tertulias
de los viejos, y estrados
de señoritas sobre
la regada banqueta)
hay en tus torres ágiles
una policromía de faroles
de papel, que simulan
en la tiniebla comarcana un tenue
y vertical incendio.

Y yo anhelo, Señora,
que en mi tiniebla pongas para siempre
una rojiza aspiración, hermana
del inmóvil incendio de tus torres,
y que me dejes ir
en mi última década
a tu nave, cardíaco
o gotoso, y ya trémulo,
para elevarte mi oración asmática
junto al mismo cancel
que oyó mi prez valiente,
en aquella alborada en que soñé
prender a un blanco pecho
una fecunda rama de azahar.

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