Graciela MATURO habla sobre el poeta JUAN LARREA

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5.- Antonio de León Pinelo y “El Paraíso en el Nuevo Mundo”.  

Agregaré en este punto  como tema muy importante el descubrimiento que hace Larrea, antes de venir a instalarse en México,  de la obra de Antonio de León Pinelo  El Paraíso en el Nuevo Mundo.  

                Recordaré que los hermanos León Pinelo, Antonio, Juan y Diego, luminarias de la vida colonial, pertenecían a una familia portuguesa de judíos conversos, como –se sabe hoy- muchos de los peninsulares que vinieron desde España o Portugal. Uno de sus abuelos, Juan López, fue quemado por la Inquisición de Lisboa. La familia pasó de Portugal a España, y en Valladolid habría nacido Antonio en 1595, aunque no falta quien diga que era oriundo de Lisboa como sus padres. Las persecuciones a la familia, repetidamente acusada de relapso, determinaron el viaje al Río de la Plata y luego a Córdoba del Tucumán, donde nació el menor de los hermanos.

Antonio estudió en Chuquisaca, donde se graduó de abogado, y en 1612 ya residía en Lima, con la familia. Tanto el padre como los hermanos menores tomaron luego la orden sacerdotal. Antonio de León Pinelo regresó a España, en 1622, y hasta su muerte en 1660  dedicó todas sus horas a escribir sobre el Nuevo Mundo, al que dio siempre este nombre. Produjo buena cantidad de obras, que lo califican como geógrafo, historiador, escritor y bibliógrafo. El Epitome es el catálogo fundacional de la bibliografía americana.

Entre esos tratados varios se destaca una obra singular, que participa de la historia, la geografía, la teología y la filosofía, titulada El paraíso en el Nuevo Mundo. Historia natural y peregrina de las Indias Orientales. Pinelo trabajó varios años en esta obra, cuyo manuscrito en dos volúmenes, según el Epitome debió parar en la biblioteca de Barcia. Se sabe que de esta curiosa obra llego a publicar el Índice y “aparato” en 1656, según Larrea, y esto ha dado origen a datos confusos sobre la publicación de todo el libro.

No es el momento de hablar de la historia del manuscrito, cuya copia, existente en la Biblioteca del Palacio Nacional de Madrid, fue consultada por Juan Larrea, antes de su exilio en México, donde le dedicaría un extenso trabajo publicado en la revista España Peregrina[1]. Por su parte el erudito peruano Raúl Porras Barrenechea exhumó y publicó el texto[2] en 1943.

Para Juan Larrea es esta la obra más importante de Antonio de León Pinelo, y a su juicio, una obra admirable por su erudición, a la cual califica de poética y profética.  El Paraíso en el Nuevo Mundo es un libro enciclopédico, fruto de eruditas investigaciones sobre la naturaleza, la prehistoria y las sociedades americanas, destinado a probar que el Edén bíblico se habría hallado,  en un remoto pasado, en el centro de la América del Sur. León Pinelo realiza una prolija exégesis bíblica interpolada con un examen de restos arqueológicos hallados en México, Perú y otros sitios, hecho que de suyo significa una novedad hermenéutica, por la libertad con que el autor relaciona  diversas fuentes. Luego, ya en tren de demostración, pasa a describir al continente americano, con barroca exhuberancia, añadiendo una nueva versión a la ya por entonces cuantiosa descripción de las Indias Occidentales.

El Arca de Noé, construida en América, habría navegado de un continente a otro y así lo desarrollan el Libro Segundo y el que le sigue. Los Libros IV y V integran el segundo tomo. El capítulo IV despliega la descripción de las naciones, monstruos, animales y figuras míticas de las Indias, a las cuales caracteriza con el adjetivo peregrinas. En el Libro V describe los ríos americanos.

Acompaña al libro un mapa ciertamente fascinante cuya copia me fue entregada por  Juan Larrea el primer día en que lo visité en la ciudad de Córdoba.  (Ese mapa, que tuvo una importancia decisiva en mi opción americanística, lo he publicado en varios lugares). El mapa representa la América del Sur, en cuyo centro se ha dibujado un círculo, al  pie se lee la palabra Edén. Es el Paraíso Terrenal, locus voluptatis. De ese centro simbólico se despeñan cuatro grandes ríos: el Paraná-Guazú  - luego llamado Río de la Plata, al que Centenera nombró  “Argentino”-   el Amazonas, el Magdalena y el Orinoco. Estos grandes ríos reproducen la cuaternidad del Paraíso bíblico.

Cabe ahondar en el simbolismo de algunos elementos que caracterizan a este curioso mapa. En primer término se halla orientado de un modo anómalo: la punta de la Tierra del Fuego ha sido colocada al Norte, en la parte superior del mapa, con lo cual las representaciones clásicas del mundo o planisferio resultan invertidas. Esto corresponde acaso a la idea del mundo de los antípodas, difundida en el Medioevo.

También se dan nombres de las regiones y sus habitantes. La región correspondiente al Norte del Brasil, Colombia y Venezuela se rotula: Habitatio hominum y la costa del Pacífico Habitatio filiorum Dei. Es posible ver en esto un reflejo del viejo tema de las puertas de la tierra, una reservada a los hombres, otra a los dioses, tema que proviene del Antro de las Ninfas, pero es un tema que no hemos profundizado aún.  Finalmente apuntaré que en las tierras del Perú figura dibujada el Arca de Noé, construida en el Mundo Nuevo para ser luego llevada al resto del planeta.

Juan Larrea, poeta penetrado de un  espíritu auténticamente super-realista, y por ello capaz de aceptar realidades sobrenaturales que se superponen a las realidades históricas, es quien ha otorgado a la obra de León Pinelo su estatuto poético, más allá de la erudición con que ha sido construido. Lo notable en el poeta español es el modo casi natural con que acepta la imagen paradisíaca del Nuevo Mundo y la continúa. Sobre este planteo audaz del Paraíso en América practica una operación hermenéutica y poética:  la  extrae de su aparente condición de pasado, científicamente demostrable o no, y le devuelve su carácter mítico, intemporal, proyectándola al futuro. Aporta una justificación psicológica y teológica para esta razón imaginaria que viene a compensar –afirma- la indigencia terrenal del hombre, dando sentido a sus pasos en la historia:

Observa Larrea “...la clara inteligencia de León Pinelo y su tendencia al orden y a la clasificación recogió todos los datos concordantes que la tradición religiosa y los nuevos conocimientos le brindaban, sometiólos a una trabazón rigurosa agrupados en series de coincidencias acusadas por la necesidad de comprender el todo de un modo unitario” (p. 76)

La mentalidad que pudiéramos llamar colonial que se produce en América a raíz de la conquista es resultado de idéntico proceso”, dice también Larrea, y llama a la obra de Pinelo “Libro de época trabajado con la esmeradísima perfección de una piedra preciosa” así como: “singular, extrañísimo Cantar de los Cantares”.Y sigue el poeta: “León Pinelo se recrea exaltando la hermosura de la naturaleza americana... se complace en reproducir aquellas noticias fantásticas, a todas luces imposibles, que a sus ojos consagran la divinidad, el carácter extranormal de su amada Ibérica. Algunos de los capítulos, en especial aquellos finales dedicados a la descripción de los cuatro grandes ríos, pudieran considerarse en cierto modo como los cantos de un poema erudito, la correspondencia, si se nos permite el recuerdo, de aquel Paraíso Perdido en que era directa materia poética lo que aquí es seca, desabrida erudición”. (p. 79)

Larrea justifica la utopía en la tensión inevitable que surge entre la temporalidad y la eternidad. “Los ojos nostálgicos del hombre dejan de volverse hacia atrás para mirar delante de él, en el sentido de su marcha que así se hace funcional, afirmativa y sin obstáculos. Bajo estos determinantes se plasma el mito de un mundo futuro más perfecto, el cual, cuando toma cuerpo en una realidad de orden material, asume la especie de tierra prometida...”Lo propio de la teología ortodoxa es la esperanza en un tiempo celestial y ultramundano, no así la fusión de lo celestial en lo terreno, que los humanistas ven plasmarse en el tiempo concreto de los hombres. Joaquín de Fiore había abonado esa inminente “utopía”, que impregnó la mentalidad de geógrafos y navegantes del siglo XV. Colón percibió esa atmósfera y la expresó en sus escritos, entre ellos el Libro de las Profecías,  fundando de algún modo el realismo mágico americano. Será  trabajo de escaldas, o sea de poetas, devolverle esa significación, nos dirá luego Carpentier.

Quiero subrayar hasta qué punto el surrealismo de Larrea le permite vivificar la eutopía americana de León Pinelo y anunciar la venida de la Ciudad Celeste en el tiempo histórico de América. Dice finalmente: “Estas consideraciones definen en verdad la forma y la sustancia del Paraíso en el Nuevo Mundo, obra, en primer lugar, nacida amorosamente de la necesidad intelectual de conocer; constituida, en segundo, por una intuición fundamenta, l racionalizada a posteriori. La intuición es el punto de partida y la médula; las precisiones materiales, el método y el aparato racional  (serían)  el hueso, la caparazón que la envuelve protegiendo su debilidad orgánica. Queda sentado que la intuición es el elemento psicológico que revela la presencia de la imaginación creadora. El Paraíso en el Nuevo Mundo. Historia Natural y Peregrina, tiene, por extraña que sea su forma, las características esenciales de una obra poética” (p. 83)

Y sigue el poeta y hermeneuta bilbaíno: “El Paraíso que, según su visión particular se refiere a tiempos pasados, corresponde en realidad al futuro. Con lo que no hizo sino seguir el ejemplo del Descubridor que murió creyendo que había desembarcado en el continente antiguo. Su paraíso es en verdad un paraíso nuevo, apenas perceptible en la lontananza del hombre cuya conciencia ha dado media vuelta, la cual en vez de alejarse cada vez más de su perfección, va hacia ella, vencida la mitad del camino, endereza positivamente sus pasos. El mismo título de la obra de León Pinelo expresa a esta luz su realidad precisa. El Paraíso en el Nuevo Mundo, en el mundo situado más allá del antiguo, en la tierra de la nueva promesa, en América –Continens Paradisi- continente del Amor, continente que se singulariza en espera de su contenido”( ...)“Las consecuencias que de ella se derivan coinciden por completo con las que arroja la intuición reinante en todas las repúblicas de América. (...) Es axiomático en el nuevo continente que sus tierras incuban el nacimiento de un mundo nuevo” (p. 84)

El poeta español contrasta el destino sobrenatural de América con “el contenido irremisiblemente bárbaro de la pretenciosa civilización occidental centralizada en el antiguo continente”. Como español, se sitúa entre los dos mundos (tal como igualmente se lo ve en su libro El surrealismo entre el Viejo y el Nuevo Mundo, 1944) entregándose con pasión al anuncio y el desarrollo de esa nueva realidad histórico- metafísica. Hasta el título de la obra de Pinelo y su insistencia en el adjetivo peregrino se le hace connatural a la condición peregrina de España, y a su destino histórico, expuesto en su obra  Rendición de espíritu (1943).

Además, Larrea pone su atención en el aspecto autobiográfico de la obra, escrita desde la nostalgia del indiano que ha regresado a España y dice: “No deja Pinelo, como es lógico, de situarse a sí mismo en América, evocando los días felices que allí pasó, siempre que puede incorporar su personal testimonio al cuerpo de doctrina”.(p. 79)

Con esta memoria personal, evocada desde la ausencia, se refuerza un tema capital en cierta línea de las letras americanas, cual es la poetización desde el exilio, practicada antes por el Inca y después por jesuitas expulsados como Rafael Landívar, o bien por viajeros extranjeros, como Alejandro de Humboldt, o por quienes habitaron América en la infancia y la rememoran en otra lengua, como Guillermo Enrique Hudson. En todos ellos se expresa de algún modo la eutopía americana, que resurge con fuerza en la novelística del siglo XX.

 

6.- La figura emblemática de César Vallejo. El “Aula Vallejo”.

No podemos ignorar que la amistad de Juan Larrea con los poetas americanos César Vallejo y  Vicente Huidobro  fue reveladora y fecunda en repercusiones para su vida y pensamiento.   Al peruano  César Vallejo lo conoció tempranamente  y fue la figura que en definitiva se impuso a él como un Cristo americano. En cuanto al chileno, bien puede decirse que lo deslumbró en su etapa creacionista, aunque luego fue alejándose de su estética sin dejar de ser su amigo hasta la muerte de Huidobro en 1948.   Huidobro, como Larrea mismo, tenía una personalidad fuerte y un poco ególatra.  Pienso que quizás Larrea no advirtió la evolución del  creacionista Huidobro desde su omnipotencia inicial –non serviam, decía uno de sus tempranos manifiestos, todavía desde América -  hasta  la conversión que se hizo presente en su poema Altazor.  (Digamos de paso, sólo para sugerir la relación del poeta-vidente con las vías religiosas,  que Paul Réverdy,  el poeta francés con quien Huidobro disputaba la invención del creacionismo, entró prontamente en un convento ).  

No es el momento de analizar la trayectoria de Huidobro sino de detenernos en la figura de César Vallejo,  que tanta importancia tuvo en el devenir del Instituto del Nuevo Mundo, creado en Córdoba por Larrea.  El Aula Vallejo llegó a ser su centro, el lugar de convocatoria para importantes reuniones internacionales y la publicación de la revista del mismo nombre.

  Larrea consideraba a Rubén Darío  como el vate americano que abrió el nuevo camino de la poesía profética tanto a Vallejo como a Huidobro.  Pero hizo del peruano la figura central en su concepción novomundista, al  visualizarlo como el poeta-mártir de América Latina. Dado que el breve espacio de una conferencia no permite el ahondamiento de todos los puntos previstos en ella, me limitaré a recordar el texto de sus conferencias pronunciadas en Montevideo bajo el título “Vallejo, héroe y  mártir indo-hispano”, (recogido en Torres de Dios, poetas, pp   181-316) donde, después de examinar el contexto del siglo XX, que a su juicio comienza en 1914, y de examinar la vida y la obra de Vallejo, se refiere a su muerte, que acompañó  en Paris un viernes santo,  y que vio presentida  en su responso España, aparta de mí este cáliz.  En esas páginas  Larrea presenta la imagen crística de un Vallejo transfigurado que hace suyo el sacrificio de España en la contienda mundial.

Continúa

[1] Juan Larrea: “El Paraíso en el Nuevo Mundo de Antonio de León Pinelo” en España Peregrina ,  1942.

[2] Antonio de Leòn Pinelo: El Paraíso en Nuevo Mundo, Universidad de San Marcos de Lima, 2 tomos, 1943.

 

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