CARLOS MATUTE-Cuento: "Ud. sabe, señor"

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Carlos Guillermo MATUTE (Bs.As., 1956 -willie.matute@fibertel.com.ar

 (De “LOS DIOSES VERTICALES”, un viaje a la Patagonia)

Editorial Botella al Mar, 2010                         

 

UD. SABE,  SEÑOR

 

   Yo no sé, señor. Pero Soto sí sabía. Sabía decir cosas, cosas que eran nuestras y que siempre habían estado ahí, al lado, que de tan cerca uno no se daba cuenta, como los perros y las ovejas, que aunque eran del patrón eran más nuestras porque nosotros las contábamos y las esquilábamos y les sacábamos la sarna cada tanto. Si, señor, eran del patrón pero también eran nuestras. Esas eran las cosas que no sabíamos y que Soto sí,  y además sabía decirlo y todos le entendíamos.

   Imagínese: el pelo colorado como el fuego y una mirada que también hablaba. Sobre todo a la noche, cuando no podíamos ya ver los ojos y la fogata lo hacía parecer más alto, más jefe. Todos lo escuchaban y él que no se cansaba de hablar y de explicarnos cosas. A veces agarraba unos palitos secos y hacía dibujos en la tierra para que entendiéramos mejor. Cómo hablaba, señor… y esos ojos que no se veían pero que estaban ahí, viéndonos a cada uno de nosotros y llamándonos a cada uno por su nombre o su apodo, sin equivocarse nunca. Por eso yo sé que sabía: porque veía en la oscuridad.

¿Qué importa que haya sido español y no argentino o chilote? Eso era algo que él también nos explicaba, que las fronteras eran como alambrados inventados por los gobernantes, para saber que hasta acá es mío y hasta allá es suyo, pero que el alma no tiene horizontes, y que si los tiene son como horizontes que uno puede ir corriendo cada vez más lejos, cada vez más atrás, hasta que en realidad no se pueden alcanzar y ya no son nada, son el camino que se fue haciendo. Yo repito, señor, porque hay palabras que a uno le quedan a fuego en la memoria, son esas palabras que dan luz al campo, como si a la medianoche saliera un sol raro desde los corrales, no sé si me explico.

  Y si, fue un tiempo bravo, Ud. lo debe saber mejor que nosotros. Cuando el 10 de caballería desembarcó en Punta Loyola y empezaron a requisar caballos, la cosa se puso difícil en serio, jodida. Esas fueron  unas semanas en las que lo perdimos al Soto, andaba de acá para allá y lo veíamos poco. Se estaba preparando, ya no había tanto tiempo para las palabras. Las balas iban a hablar, señor, no los hombres.

   Claro, por supuesto, había habido saqueos y algunas muertes en las estancias, también incendios. A mí me daba pena tanta destrucción, porque acá, en la Patagonia, todo cuesta mucho, señor. Ud. quiere tener arbolitos y hay que plantarlos y regarlos todos los días, y  protegerlos principalmente del viento, que seca todo, peor que el sol o la helada. Ud. quiere criar caballos o tener ovejas, hay que dejarlos a campo abierto para que se alimenten y buscarlos todas las mañanas para contar los vivos y carnear a los muertos. Todo es difícil acá, señor, nada se consigue y lo que se consigue dura poco. Ve, eso también lo sabía Soto.

   En aquellos momentos todo era un poco loco, pero también era un poco cierto. Soto decía y hacía, y hacía con nosotros, y era como si fuésemos parte de algo más grande, de algo que se estaba desparramando sin cauce pero sin pausa, el Santa Cruz  que se deshelaba. No sé, se es joven sólo una vez. Y en esos tiempos era como si hubiéramos sido jóvenes en el mismo momento, señor, todos juntos y jóvenes. Todos queríamos gritar fuerte y ser el primero, y cabalgar de cara al viento helado, porque había algo –decía Soto– que estábamos plantando y que el viento, en vez de secar, avivaba. Y eso crecía para todos lados, señor, porque ese viento que nos llevaba soplaba  para todos lados.

Y sí, como Ud. dice señor, las cosas fueron más o menos bien hasta que llegó lo de La Anita. Eramos muchos, no sé, por lo menos trescientos. En la Casa Grande estaban Soto y algunos más junto con los patrones, los tenían prisioneros y yo los pude escuchar que discutían a los gritos. Ya sabíamos que una columna del ejército venía para la estancia.

   Ahí las cosas se confunden un poco y hay gente que dice una cosa y otras que dicen otra. Ya habían matado a Outerelo y a Argüelles. Facón Grande había caído en Estación Jaramillo y los jefes todos los días eran distintos. Esa noche, mientras esperábamos el amanecer para negociar con el ejército, Soto nos habló en el galpón de esquila y dijo que se iba para Chile, que la lucha iba a continuar y que volvería lo antes posible. Dijo otras cosas también, pero no puedo acordarme. No sé por qué, me quedó grabada esa imagen de Soto bajo la luz del farol, con el techo del galpón muy lejos, como si fuera un cielo negro, de esos que acá en el sur hay tantos.

  Bueno, después Ud. ya sabe, es historia conocida, señor. Nos entregamos sin pelear. A los alemanes los mataron ese mismo día y a la mañana siguiente nos sacaron del galpón para contarnos y carnearnos. Los patrones decían y los soldados separaban a algunos y dejaban a otros. Yo no las llegué a ver, pero había fosas abiertas detrás de los bañaderos de las ovejas. A la tarde, estaban todas llenas.

   A Soto lo ví doce años después. Como dijo, había estado en Chile. Supe que trabajó en las minas de nitrato y que tuvo otros trabajos. Volvió a Río Gallegos y habló algunas veces en la ciudad, para los que se querían acercar, en un teatro o algo así.

Yo lo vi de lejos, estaba un poco más gordo. No quise entrar a escucharlo.

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