María ZAMBRANO -EL CONCIERTO -

Publicado en por "COMUNION PLENARIA"

María ZAMBRANO -EL CONCIERTO -

MARIA ZAMBRANO (Málaga 1904-Madrid 1991)

EL CONCIERTO

Para el maestro Andrés Segovia

Se oía, se hubiera oído la guitarra si su sonar no abriera desde el primer instante el modo justo de escuchar? Era su primera virtud indiscernible de momento. Los preocupados de pedagogías quizás hayan caído en la cuenta de que es la Música la que enseña sin palabras el justo modo de escuchar. Y de que cuando de palabra sola se trata, sucede así igualmente, que es la Música, que puede ser un modo de silencio, la que sostiene la palabra en su medio y en su modo justo, ni más alta ni más baja –siempre preferible un poco baja. Porque la música es, desde un principio, lo que se oye, lo que se ha de oír, y sin ella, la palabra sola, decae adensándose camino de hacerse piedra, o asciende volatilizándose, defraudando. Gracias a la música la palabra no defrauda; privada de ella, aun siendo palabra de verdad, y más si lo es, se desdice.

La música es prenda de la no traición, no existen en ella “las buenas intenciones”, y un solo fallo en la voz que dice revela la falacia, o denuncia el incumplimiento de la verdad. La música cumple, se cumple, y escuchándola nos cumplimos. Aquel que la trae, ¿qué es, quién es? Un ser remoto, una pura actualidad de siempre. Y resulta impensable que alguna vez se vaya, que alguna vez no haya estado. Volverá.

Volverá siempre el que hace la música de este instante. Volverá esa música que se aproxima más al origen, al principio, cuando revela al par el instante de ahora. Dura un instante de eternidad, como el morir, como el nacer, como el amar.

Más por ser de guitarra la música; mas ¿qué era en verdad ese latir solitario, esa onda del ser y de la vida? ¿No será, acaso, el instrumento musical sin más, entero y solo, único?

Instrumento único de la música toda. Una sola nota podría bastarle. Inconfundible. Unía los contrarios, el ser y el no-ser del sentimiento mismo. Era lamento y no lo era. Celebración sin rastro de triunfo. ¿Une la música los contrarios, o está alentando antes de que los haya? ¿O es su cumplimiento una pura acción de devolvernos en ese su instante al origen del tiempo, ahora cuando él tanto camino ha hecho, ahora como entonces, después de tanto? Y así darnos la ley del recto sentir, librándonos de la nostalgia que los facilones del vivir creen que sea el don de la música, y sobre todo su voluptuosidad. Dolor puede haberlo, y más aún en la guitarra, que tal vez, sea entre todos los instrumentos el elegido por el dolor. Mas el dolor no pide ser establecido, condensado; el dolor pide acabar dándose sin ser notado, tras de haber germinado germinante, como enjambre innumerable de hormigas. El dolor que en la guitarra esquiva el sufrimiento y lo orienta paso a paso hacia lo inacabable, arriba. Guarda la música el secreto de la justeza del sentir, las cifras del cálculo infinitesimal del padecer. Lo que alcanza, al menos entre los instrumentos occidentales, su máximo cumplimiento en la guitarra, tan entrañable, que suena desde adentro, en la gruta del corazón del mundo. Y por ello, los que resbalan por andar con prisas hacen de ella la plañidera, y la desgarrada aquellos que la aprovechan. Y ella les dice: “Dejadme sola”, sin que lo entiendan. Pues que es cosa también de que ella se haya dado sola a alguien que, sin prisa, vaya toda su vida, casi sin tocarla, rozándola apenas, desgranando su secreto según número, ese que se esconde más cuando más se revela. La noche del padecer entonces se aclara, el enjambre del sufrimiento se unifica. El sonido es uno solo. El Ángel ha arrancado las espinas y se da a sentir él mismo borrándose”.

MARIA ZAMBRANO

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